Entré por la puerta, escuché ruido en la cocina y al fondo en el salón… grité:
— ¡¡HOLA!!, perdonad el retraso, ahora mismo estoy con vosotros — no escuché la respuesta aunque se que algo decían desde el fondo
Entré en la cocina y allí estaba, tan bonita como siempre, abrió los ojos enormes preguntando con su expresión: “¿Donde estabas?”, pero no dijo nada, no le di tiempo.
De forma directa fui hasta ella, rodee su cuerpo con mis brazos y la besé. Su cuerpo al principio tenso descansó sobre mis brazos en cuanto empecé a besarla de verdad, sin prisa, sin importarme nada quién me pudiera esperar en el salón, sin importarme nada el tiempo o el espacio.
Mi mano descendió hasta su culo, tan firme y tan bonito como esta mañana, la forma de su tanga se percibía perfectamente entre mis dedos y yo aplastaba ese musculo como si me fuera la vida en ello.
Unos segundos más tarde mi mano ya tocaba la piel de su cuerpo, su corazón latía acelerado, mezcla de los nervios y de la intensidad que empezaba a sentir con mis caricias.
— Para… para… que están ahí !!…
— Calla…
Desabroché mis pantalones ante su mirada, sus gestos eran de puro nerviosismo, pero su sonrisa me decía… “¿en serio?” con más ganas que vergüenza.
Mi sexo se liberaba del pantalón y salía orgulloso buscado su cuerpo, una de sus manos no tardó en recibirlo y saludarlo apretándolo fuerte, su deseo hacía que sus pupilas se dilatasen. Me tenía en sus manos, y se sentía su latido tan fuerte como el mio.
Se arrodilló ante mi… y empezó a lamer mi sexo. Una mano en mis testículos, la otra subía y bajaba lentamente la piel de mi sexo y su lengua me recorría mientras sus ojos pasaban de mirar los míos a mirar mi sexo.
— Me gusta tu polla — susurró — me gusta su sabor
Mis jadeos ahogados aumentaban su placer y el mío y según aumentaban la velocidad de su mano crecía. Mi sexo aumentaba su deseo de romper y sus labios me atrapaban por completo.
Me rozaban sus dientes, pero su intensidad era tal que no me importaba. Me miraba, sabía que no me contendría que rompería en su interior…
— Dámelo… dámelo…
Solo un minuto después entraba en el salón sonriente.
— ¡Cómo se nota que te alegras de su llegada!, ¡qué sonrisa!
— Hola Mama, hola Papa. ¡Qué bien que vengáis a hacernos una visita!
— No os preocupéis, estos vejestorios se irán en unos minutos, tenemos entradas para el cine.
— Qué pena!!…. aunque algo se nos ocurrirá: ES VIERNES