Se quedó en la puerta, quizá esa última mirada en el débil reflejo que aquel metal podía devolver.

Suficiente tiempo como para que su mente lo viera todo: Empujó con fuerza. La puerta golpeó la pared como si una bola de demolición intentase tirar la pared del bar abajo. Todos miraron y allí estaba ella ante la mirada de todo un bar. El mismo estruendo que ella misma había provocado la asustó tanto que su expresión era cómica, el hazmereir de todos, centro de todas las miradas y objeto de burla. La señalaban, la miraban entre reproches por haber roto las interesantes conversaciones que habrían tenido. Bajo avergonzada la cabeza, sólo podía mirar sus zapatos y pasar el mal trago sabiendo que todo el mundo se estaría riendo toda la tarde de ella. Cuando llegó donde estaban sus amigas, se acomodó entre ellas, tras esa cerveza compartida hasta que fue invisible.
Esa no es la imagen que ella quería transmitir. Respiró profundamente y sin emitir ningún sonido le dijo a su imagen: "Qué no se te olvide que reluces" y empujó con fuerza la puerta. Esta golpeó la pared como si una bola de demolición intentase tirar la pared abajo, siempre ocurría lo mismo con aquella pesada puerta y su pensamiento le previno del susto. Miro a la gente del bar. Muchos se habían girado a mirar quién había entrado, pero como un acto reflejo, la gran mayoría volteó la cabeza como si nada, continuando en sus conversaciones sin prestar atención a nada, al fondo sus amigas gesticulaban y reían de su triunfal entrada. Ella sonrió; eran sus amigas, haciendo el tonto y seguramente ya con una cerveza en el cuerpo. Levantó su mano poniéndose algo de puntillas y moviéndola de lado a lado diciendo hola. No era la misma historia y una sonrisa hizo que pasase entre las mesas orgullosa de su descomunal fuerza. Se veía como el mismísimo King Kong pero con sus bracitos delgaditos, de un perfil aún con toques aniñados que los 20 años te dan. "Qué comiste hoy?" le dijeron sus amigas nada más llegar  "No es el desayuno, es la genética", contestaba.
La tarde pasó entre risas y bailes, sus gestos y su naturalidad no pasaban desapercibidos entre aquellos chicos de ojos oscuros que pretendían tímidamente acercarse a ella. ¿A ELLA?. Su actitud había provocado que en sólo unos meses hubiera pasado de invisible a atractiva y apenas había cambiado su forma de pensar. Seguía estudiando lo mismo, sacando las mismas notas, con las mismas gafas de empollona y ahora ¿era atractiva?. Era cierto que sus compañeros se acercaban más ahora, que en los ratos libres estaba siempre alguien a su alrededor y que ella lo pasaba mucho mejor, había empezado a vivir y a sentir ese "no se qué" cuando se acercaba "Pedrín" como le llamaba todo el mundo y ¿hoy?. Hoy sentía como se hacía poderosa ante aquellos chicos que no se atrevían a hablar con ella. 
Pedrín también golpeó la puerta al entrar, el no sabía que iba a sonar tanto, pero su gesto fue reírse de si mismo, el no miró a nadie, simplemente se echó a reír al verse protegiéndose de "algo". Alegremente le hizo gestos de "hola" desde el fondo. Y al verla Pedrín paso de sonreír a que no le cupiera la sonrisa en la cara y según llego a su altura, descubriría algo que no olvidaría.
Dispuesta a cambiar aquella visión de la entrada no dejó ni decirle hola. Colocó sus brazos alrededor de su cuello y le dio un beso sin preguntar. Los inmóviles labios de Pedro ante la sorpresa pronto despertaron con un abrazo que le devolvieron la tranquilidad erizando toda su piel desde el cuello hasta los tacones que ahora sabía porque se había puesto y las lenguas empezaron a sentir cómo podían enredarse mientras las amigas cantaban a coro alrededor sin que los amantes escucharan nada.
"Ya era hora" decían algunas, "Dale, Pedrín, dale, que sepa lo que es un hombre" animaban los amigotes de Pedro desde la barra brindando por su amigo como si la conquista fuera de todos.
Ella seguía besándole, los tacones no evitaban que se pusiera de puntillas y sentir el cuerpo de Pedro contra el suyo la hacía descubrir sensaciones que no había tenido antes con nadie. Cada caricia, aquel bulto que sentía en su vientre y que se movía con sus besos palpitando.
Al acabar el beso eterno, la sonrisa en su cara irradiaba luz. Ya oía a sus amigas y Pedro a los suyos que gesticulaban poniendo morritos y besando sus cervezas. No dudó ni un segundo en coger el chaleco y salir del local tirando de la mano de Pedrín que la seguía ciegamente.
Su cuerpo se levantaba del suelo aprisionada por el de Pedro contra aquella pared del pasillo, las manos se buscaban como lo habían hecho por todo el camino, pero ahora no había público, nadie podría protestar porque dos amantes se desnudasen casi a mordiscos. Su pecho latía tan fuerte que se podía sentir en sus labios y sólo el beso de aquel hombre podía provocar un flujo de sensaciones tan intensas como las que sentía arder en su cuerpo.
Desnuda, acariciando el suave costado del cuerpo desnudo y dormido de su amante y amor con sus rojas uñas pensaba en su reflejo, en aquel tímido reflejo del bar que había visto su transformación… ya no sería jamás la misma.