Apretaba fuerte mis manos contra su sexo. Su mirada fija en mis ojos y los míos en los suyos que tendían a cerrarse sin conseguirlo con cada envestida de mis brazos… poco a poco su falda iba subiendo y su deseo creciendo tan rápido como su instinto de protección; como su vergüenza.
Para cumplir el primer reto posó su mano en mi pantalón. Mi sexo estaba duro y la falta de ropa interior combinada con un pantalón no demasiado gordo hacía que se notara mi forma en sus dedos; dedos que me descubrían y hacían que su mirada se intensificara. Con cierta rudeza, fuera de la linea habitual bajé de golpe agachándome y tiré de golpe de su ropa interior hacia abajo. Un escalofrío recorrió su cuerpo, no sabía como reaccionar… la miré… me miró… y por alguna extraña razón evolucionó como si la extinción de la especie estuviera en juego.

Colocó una pierna sobre mi hombro impidiéndome subir y eso hice deleitarme con la vista, con el olfato, con los besos… suaves… cortos… descubridores de las formas más femeninas que el cuerpo de una mujer esconde. La lengua recorría su sexo de abajo a arriba, separaba sus labios húmedos, los enrojecía a cada pasada.  Su cabeza se inclinaba hacia atrás, perdida en los placeres, entregada… al lado oscuro… al exhibicionismo oculto; a la mirada furtiva de algún desconocido que seguro tendrá algo que recordar, algo que desear… Fueron sólo unos segundos largos, quizá dos o tres minutos… pero desconecto y se entregó y de la misma forma que se entregó regresó a la realidad. Pero estaba sin ropa interior, excitada, empapada entre su deseo y mis besos…  Se quitó los tacones y salió corriendo hacia casa. Paraba para descansar y besarme en una farola si otra también. Metía su mano por mi pantalón y dejaba que yo hiciera lo propio con mis dedos en su pecho y en su sexo, ahora eran besos largos, besos de deseaban sexo, de lujuria, de deseo. Entramos en casa como en las películas: desnudándonos, con deseo, sin saber si habríamos cerrado la puerta; gimiendo a gritos, ajenos al mundo.
Y no la dejé moverse, no fuimos al dormitorio. Todo era distinto, ahora no era ella, era solo quién ella quiere ser y quién no se deja ser. Hoy chuparía mi sexo. Hoy comería mi semen y me daría de comer con sus manos. Hoy la penetraría por delante y por detrás, sentada y de pie. Hoy no la dejaría quitarse las medias, ni los tacones. Hoy dormiría desnuda con mi sexo en sus manos, con los ojos abiertos, delante del árbol de navidad, sobre la alfombra… y al despertar… le diría: – Feliz Navidad.