Llegó corriendo, casi sin ver donde pisaba, sus ojos estaban rojos y sus lágrimas habían corrido todo su maquillaje, pero no le importaba, su único objetivo era llegar donde yo estaba y no tardó:

— Lo perdí, María, lo perdí

— Pero ¿qué pasa? — sus ojos volvían a llorar desconsoladamente, no podía ni hablar, su respiración entrecortada se mezclaba con el profundísimo dolor que sentía

— Lo perdí — era lo único que acertaba a salir de su boca

Levanté mi voz para tranquilizarle, para indicarle que estaba segura conmigo:

— Pero ¿qué has perdido?

— Por mi culpa, por mi estúpida manera de jugar, lo he perdido. Jamás volverá a hablarme. María, por favor, dime ¿qué hago?

— Pues lo primero tranquilízate, así no me entero de nada y si algo entiendo es que hablamos de Javier y ¿jamás volverá a hablarte?, eso no tiene sentido.

— No, pero… — no acertaba a respirar correctamente aún, supongo que no sabía ni por donde empezar, o no sabía cómo parar los sollozos.

— Espera. Siéntate, cierra los ojos y respira profundamente. Simplemente concéntrate en respirar

Me llevó más tranquila ya a su casa, en medio de la calle no podíamos hablar de cosas asi. El camino fue corto, pero en completo silencio, no sabía que decir.

Al llegar a su casa nos sentamos en el sofá. Me sentí completamente perdida. Ella siguió contando el relato como quién habla de entrar en el supermercado, y yo le escuchaba como si de una historia de miedo se tratase. Hablaba de cómo entraron en aquel lugar, su “guide master” que es como se llamaban a unas chicas desnudas que les recibían y explicaban por qué tenían que llevar máscara, que no podrían quitársela ni hacer que nadie se la quitase, que podían ir desnudos  y cómo había que relacionarse con la gente, códigos de conducta para hacer el amor en grupo, unirse a orgías o quedarse mirando sin dejar que nadie te tocase.

Al parecer Javier pasó de no querer ir por no querer compartir a su novia con nadie a ser el rey del mundo gracia a Sofía que día a día se convertía en el foco de atracción, que día a día le preparaba a Javier un escenario nuevo.

— Pero ¿estás loca? — se que no fue muy comprensivo el comentario, pero así me salió

— María, es que no lo entiendes. El día que vi aquella peli porno con Javier lo entendí todo. Me encantó tocarle y comer su sexo mientras el miraba cómo en la pantalla ocurría lo mismo. Tenías que ver sus ojos. Iban de la pantalla a mis ojos, sus gemidos se confundían con la tele. Nunca le había visto tan excitado y verle descompuesto hizo que yo quisiera correrme, sólo verle María. No necesitaba nada más.

— No es lo mismo, Sofía — le dije — una cosa es mirar y tocar a tu novio y otra que una tía que no conoces de nada y que lleva una máscara sea la que le coma a tu novio mientras tu miras. ¿Te das cuenta de lo que me estás contando?

— María desde aquel día intento provocar nuevas situaciones, no era la película o la forma en la que yo le toqué, era lo desconocido, lo nuevo. El sentir que no está seguro, que no sabe cómo reaccionar, eso le excita y eso es lo que me excita a mi.

— ¿Te excita su miedo? — pregunté atónita

— Me excita cómo me folla cuando el se siente así. Despierto al animal que lleva dentro y se convierte en el mejor amante del mundo.

— Sigo sin entender nada pero sigue

Y siguió; siguió relatando cómo Javier entraba de la mano de Sofía en una espiral de sexo en la que cada día descubría algo nuevo en su novia. Desde su instinto mirón a su exhibicionismo.

Ver a Sofía mirarle a los ojos mientras otra mujer saboreaba su sexo fue sólo el primer paso. Detrás pudo ver cómo Sofía le hacia el amor mientras otra mujer les tocaba a ambos. Sofía subía las manos por su pecho mientras me lo relataba, cerraba los ojos sintiendo ese sexo que supongo todos deseamos en algún momento pero que no nos atrevemos a probar.

Se olvidaba por completo de su llanto y provocaba incluso mi excitación al relatar con todo lujo de detalles cómo era el sexo de Javier: grueso, rosado, duro, caliente; cómo iba de boca en boca, de mujer en mujer satisfaciéndolas una a una, podía ver el cuerpo atlético de Javier sobre el de Sofía, follando una y otra vez, resbalando dentro de ella su sexo mientras yo me veía allí, como una espectadora más y sintiendo cómo mientra Javier iba follando aquellos cuerpos, también follaba mi mente

— ¿no es excitante? — rompió Sofía

— Si. Lo relatas de una forma que parece que estoy allí, viéndote

— Follándote a Javier

— ¡Sofía! — aunque mi pensamiento pudiera ser también ese no era el momento de confesar

— No me malinterpretes, me gusta que lo desees, necesitaba que lo hicieras, pero no pensé que ocurriría.

— No entiendo nada Sofía, me estás asustando

Su cara ya no lloraba, al contrario, sus ojos brillaban y me desnudaba con la mirada. Mi amiga había pasado de ser una niña débil a una mujer arrolladora y segura.

— El me lo dijo

— Te dijo ¿qué?

— Que jugarías y no le creí, estaba tan seguro que me dijo que si no jugabas, que si no lo conseguía no volveríamos a hablar nunca y yo pensé que lo había perdido… que no volvería a sentir sus manos recorrer mi pecho, que no volvería a sentir su boca pellizcando mis pezones, que no volvería a sentir sus dedos dentro de mi, buscando ese punto.

— Sofía, para por favor

— No María, quiero que lo sientas. Quiero que sientas cómo es Javier, es seguro, sus manos son grandes y cuando te abrace las sentirás, sentirás como aprietan tu pecho, como te desnudan

A cada palabra Sofía se echaba encima mío y yo me iba igualmente hacia atrás para evitarla. Sentía miedo y excitación a la vez. Era mi amiga y me provocaba fantasías con su novio. Yo no soy de su mundo no hago esas cosas, pero las sentía.

Un movimiento más para atrás. Choqué con ¿la pared?

— AAAhhhh! — Un grito de pánico salió de mi cuerpo.

Las manos de un hombre me rodeaban, era Javier. Había estado ahí todo el tiempo. Sofía me callaba colocando su mano en mi boca, intentando tranquilizarme mientras Javier apartaba el pelo de mi cuello y comenzaba a besármelo.

Sofía sonreía, miraba orgullosa a Javier y luego bajaba la mirada a mis ojos que estaban redondos como platos

— Cierra los ojos — ahora era Sofía la que me daba ordenes a mi y yo la que obedecía

Sus manos empezaron a desabrochar mi blusa mientras Javier aprovechaba la piel que se iba quedando desnuda. Todo era cierto, sus manos grandes aplastaban mi pecho y mi pequeño pezón se endurecía más y más. Subí mis brazos para tocar su cabeza mientras el bajaba ya libre por mi estómago camino a mis bragas. Mis dientes mordían mis labios y mi empapado sexo sentía ya cómo un dedo se introducía en mi.

En pocos segundos más estaba desnuda, con un antifaz en los ojos y sin saber quién de los dos me tocaba o me besaba, 4 manos robaban mi placer y generaban en mi la sensación de no saber qué hacer. Mi bloqueada mente dejaba que la humedad de sus lenguas recorrieran mi cuerpo y mi sexo.

Yo abría mis piernas más y más esperando que Javier terminase lo que había empezado Sofía y cuando casi me había rendido al placer, cuando pensé que mi cuerpo no aguantaría ni una sola caricia más, sentí la fuerza del sexo de Javier rompiendo mi cuerpo. Una sola embestida necesitó para que mi cuerpo convulsionara en mil espasmos; pero el no paró… siguió y siguió hasta correrse dentro de mi.  Lo sentí; pero cuando me intenté relajar, con una fuerza inesperada puso mi cuerpo a cuatro patas.

Expuesta a el, mi mente ya no podía más, mi cuerpo ya no podía sentir más y el entró de nuevo en mi con tanto vigor que grité de nuevo.

No se si grité “no pares” o “no puedo más”, dos embestidas más y el orgasmo continuo que provocó, esa sensación que no sabes si existe siguió en mi y cuando crees que ya está, otra embestida llega. Tu cuerpo no aguanta más y llega otro orgasmo más fuerte que el anterior y nuevamente lo sientes cuando crees que nuevamente Javier ya no puede más. Su humedad baja por mi pierna y Sofía me acaricia la espalda y se acerca a mis oídos cuando ve que me voy a quitar la máscara.

— No, María, no te quites la máscara, te asustarías.