— ¿pero cómo es?
— ¡DÉJAME!
— Sólo intento ayudarte
— Lo se, ¡déjame!
— Pues compórtate como una persona normal…
Su mente divagaba, pensaba en ella como la mujer ideal, con cabeza, con decisión, independiente y capaz de escribir en su twitter mil frases cariñosas, atrevidas. Solo mirar el sobre marrón que tenía en sus manos le volvería a la realidad.

— Mira, no me voy hasta que tu cara deje de mirar al cielo
— Es una chica. 
— Menuda sorpresa — su tono estaba a medio camino entre la ironía y la sorpresa, así que le fue imposible saber si estaba hablando en serio o no, pero le daba igual
— Se viste de forma atrevida, usa pantalones vaqueros rotos, estratégicamente rotos diría yo, uñas pintadas, piernas largas y ese punto de locura que hace que la vida sea mejor, ese punto que la convierte en objeto de miradas y musa de relatos, unos en forma de sueños de ojos abiertos y otros que quién sabe si no acabarán siendo leyendas de su querida tierra gallega.
— Pareces un poeta con un toque sudamericano — me decía mientras se reía
— No; ¡es cierto que es gallega! 
— Ya, ya — decía mientras se seguía riendo — pero tienes que escucharte, ¿sueños de ojos abiertos?. ¿cuando te volviste un cursi?. ¿tienes una foto?
Cogió el teléfono y lejos de pulsar en la sección "galería" o "fotos compartidas en la nube", directamente le enseñó su twitter. 
— ¿Esta?
— Ella
No tardó más de 30 segundo en un examen completo:
— Perfecto  — sentenció — estás asi con un perfil de twitter, con…  espera… más de 58.800 seguidores, casi nada
— Siempre se me han dado bien los retos
— Buen gusto tienes, y estás entre los 32.200 perfiles que sigue. Está claro que tienes una posibilidad entre 32.200 y eso es más que una entre un millón, no está tan mal — ahora su tono ya era claramente irónico
— ¡qué idiota eres!, no te das cuenta de que lo que busco es su mente
— Ya tienes la mente de muchas mujeres, y si la memoria no me falla, algunas no sólo te dieron su mente. Pero esta cruzada es casi imposible.
— Y si te digo que he visto…
— Que has visto ¿qué? — preguntó al ver su silencio
Su mente había volado a aquel piso, en ese instante en el que ella abrió la puerta. Sonrisa abierta, grande, tanto como sus ojos, desprendiendo alegría, camiseta ceñida a su provocativo cuerpo, generosamente sensual, falda corta, piernas largas, delgadas y fuertes, morenas por el sol que ese verano había regalado, zapatos que dejaban ver sus pies, casi de puntillas, llenos de correajes y piel desnuda hasta sus dedos, uñas pintadas, erotismo en estado puro, seducción pasiva, quizá la más elegante de las seducciones. Su instinto hubiera sido desabrocharse la ropa y abrazarla, pero no hubiera sido el momento; la cita era más profesional de lo que su cuerpo podría desear.
Un café, con espuma, digno de la mejor terraza de la Madrid, una charla sincera: política, fútbol, deporte y una fuerza femenina que aparece bajo cada poro de su piel, quizá la que le hace más fuerte y dura incluso que lo que consiguen las sesiones de gimnasio que cada día moldean su bonita figura. Es fácil hablar de cosas serias con ella y enseña cómo es.
"Empiezo algo, con alegría para dar más alegría, buenos días chicos!" un tweet con una foto justo antes de comenzar en el que demuestra que está contenta.
Saca su cámara y la seduce con una foto. Una sola, para ver los niveles de luz. Mira a su pantalla: su lado más loco sale perfectamente retratado, un cruce entre picardía y elegancia, entre piel y ropa, entre compostura y rebeldía. Parece que ha llegado a su alma, blancos y negros se cruzan con rojos y azules. En ese momento dejó de ser profesional y empezó a sentir ese flujo de energía que llevó a rozar la mano, solo por el placer de sentirla.
La chispa fue física, la sonrisa compartida, pero la sensación llegó más lejos, esos dedos habían desnudado su cuerpo y la sensación sólo fue comparable a tenerla encima, sentada a horcajadas sobre sus rodillas, la suavidad de los dedos mezclada con la dureza de sus uñas rascando las mejillas y los ojos cerrados, conscientes de su mirada, sus dedos por su pelo.
Música en el ambiente, rock romántico, lento, intenso, con la misma fuerza que la mirada que está sintiendo. Miradas que hablan y silencios que se escuchan. 
La sesión de fotos empieza: Focos y pantallas blancas no dejan que la sensación deje de ser íntima, son dos personas que están solas, y el ambiente debe ser ese. Las fotos de su cara y sus labios dejan paso poco a poco a las más personales, su pelo sobre la cama y la almohada en los pies. Cambios en su uniforme y cada vez más cerca, más miradas personales que atraviesan lentes y piel, que salen por la ventana a buscar libertad y que regresan con aire limpio y cargado de energía.
Cada disparo es un trazo en su piel, y un balazo al otro lado de la cámara. Cada imagen una caricia. Su cuerpo se desprende de sus chaquetas de cuero y su lencería deja paso al suave olor de su perfume, de su cuerpo que yace desnudo, atrevido. Cómoda ante su privado público, más seductora de lo que un simple desnudo puede transmitir, sus manos, su forma de moverse, sus bromas y su forma de jugar con la cámara, parece un entrenamiento de boxeo en el que todos los golpes acaban tras la cámara.
Se acerca a ella, sus manos tiemblan, pero se atreven a tocar sus labios. Su lengua como acto reflejo acaricia la punta de esos dedos que han fotografiado su alma, preparando la humedad en sus labios para el beso que vendrá y que generará ese escalofrío que recorrerá su cuerpo desnudo. Las cuatro pupilas se dilatan, los dos corazones empiezan a latir al unísono con esos latidos que se sienten más fuerte porque alguien roza tu piel mientras te mira profundamente.
— Que has visto ¿qué? — volvió insistir
— Nada
Un trozo de su alma quedaba en aquellas copias que nunca le entregó. Su mirada no miraba al cielo, miraba a su balcón, donde ahora sólo su pareja compartiría lo que la cámara soñó: Dos cuerpos sobre aquella encimera negra, fotos por el suelo, y recuerdos para toda una vida…
No es fácil enamorarse, pensaba mientras se retiraba dejando a su interlocutor preocupado.
— ¿Cómo se llama?
— Elena, pero ¿qué más da?, sólo es otro maldito trabajo
— ¿trabajo?
— Me robó el alma, pero sólo es otro maldito trabajo. Volveré a fotografiar, no te preocupes.