9:40 en el relog. Se sentó a mi lado, como toooodos los días, aunque más bien habría que decir que se tiró a mi lado por la delicadeza que empleó en la acción.
— Ten cuidado!!, me vas a aplastar un día — no pude aguantarme callada.
Cerré los ojos un segundo para reflexionar y no gritar más.
Reconozco que tampoco fue para levantar la voz, pero no había sido mi día, me dolían los pies de los malditos zapatos, tenía hambre y no me apetecía hacerme la cena y aún escuchaba mis propios gritos diciendo a mi hija que se acostase de una vez mientras volvía al baño por quinta vez en 3 minutos. La televisión no es el mejor de los remedios, pero atonta la mente, hace que no pienses, simplemente ves la porquería que ponen sin atender, supongo que alguna cabeza dará para más, pero la mía hoy no.
Otra vez la puerta de la niña… inflé los pulmones para gritar pero poniendo una mano en mi muslo, escuché: “yo me encargo”. Esas 3 palabras sonaban en mi cabeza como el mejor de los versos del mejor poeta en el mejor café parisino, rodeada de gente bohemia y aún con los sueños propios de la juventud…
Escuché cómo con voz tierna, acostaba a la niña y cómo se reían. Qué bonita es la risa de un niño ¿verdad?. Sonriente iba a decirle algo bonito, pero ni me miró. Fue directo a la cocina, supuse que a por su cervecita, pero me equivoqué de nuevo.
Traía un par de sandwichs mixtos, CON HUEVO!!, unas patatas fritas de bolsa y dos jarras para esa cerveza y ni siquiera vino diciendo nada o esperando una aprobación especial para algo que debería ser tan normal como que yo lo hiciera, pero que nunca había sido así.
Devoré aquél sandwich como si fuera un manjar, con gemidos y todo. Se reía de mi, pero me daba igual, creo que lo mejor del mundo a veces está en las cosas más sencillas y aquella escena, lejos de ser el ideal de un sueño, era perfecta.
Acabamos el sandwich y la cerveza charlando ajenos a la tele y recogió los platos antes de que me molestasen sobre la mesita que hay ante el sofá y que nos servía de mesa de comedor. Y al volver se sentó a mi lado, ajeno a mi.
No hay nada como que no te hagan caso para que te apetezca que te lo hagan y eso fue lo que pasó, que empecé a mirar su pantalón de reojo y me empecé a imaginar esas cosas que nunca confieso que pienso.
El lenguaje corporal empezó a hablar por mi, abría y cerraba mis piernas apoyadas en la mesita, recosté mi cabeza sobre su hombro y al sentir que ponía su mano sobre mi pierna, las abrí ligeramente para sentirla en el interior de mis muslos.
Me quedé quieta, expectante a sus movimientos, a los de la mano.
Aparentemente seguía mirando la tele, pero notaba cómo su mano no dejaba de apretar y aflojar sutilmente la presión en mi pierna, que los dedos se movían mínimamente, haciendo circulitos y que como yo me dejaba, poco a poco estos movimientos iban haciéndose más notables.
Yo, no se si por instinto, excitación o relajación me fui poco a poco estirando y permitiendo más fácilmente su acceso a lo que hace 20 minutos hubiera dicho era un fortín inexpugnable: mi sexo.
El calor de mi cuerpo aumentaba a cada segundo y cuando sentí el roce de tu mano sobre la tela de las mallas que cubrían mi cuerpo no pude evitar ese respingo que me encanta sentir.
Respiré profundo y abrí aún más mis piernas, permitiendo lo que ya era imparable.
El no reacciono de forma brusca, siguió con sus movimientos lentos, lo que aceleraba mis ansias y por otro lado provocaba mi placer. No se el porqué de tantas contradicciones, pero benditas sean cuando me hacen sentir así.
Ya su mano ocupaba esa zona que no es pierna y tampoco pertenece al tronco, esa zona cálida en la que la piel apenas recibe la mirada del sol y que es tan suave como delicada, esa zona en la que está todo a flor de piel… esa zona en la que está el monte de venus, las piernas, el depilado y suave cuerpo, y mi sexo, esa zona que ya está húmeda y que hace que mi respiración sea rítmica y constante.
Jugaban sus dedos con las costuras que iba encontrando, con las braguitas que había debajo, olvidandose que entre costura y costura rozaba mi empapado sexo y provocaba mis primeros gemidos y suspiros. La ropa me molestaba y quería que se centrara en mis pliegues más escondidos y no en los de mis mallas o en las feas braguitas de algodón que se ocultaban debajo.
El seguía a lo suyo, miraba la tele sin mirarme a mi mientras yo me retorcía a su lado, esa situación me ponía más y más cachonda, era como si me masturbase al lado de un desconocido, era como si mi pareja no estuviera ahí, dejaba a mi imaginación libre y por un segundo me imagine en un cine, donde la película no me importase porque me tocaban las manos de mi joven amante, fue volver a las locuras de la adolescencia sin tener que vestirme.
No dejé pasar un segundo más y levantando el culo bajé mis mallas y mis bragas hasta por debajo de las rodillas, exponiendo mi cuerpo desnudo a su mirada, pero no me miró. Volvió a colocar la mano sobre mi sexo y siguió tocándome. Me sentí egoista, me sentí manipuladora, sentí que hacía lo que yo quería cuando yo quería. Me sentí la reina de Ejipto obligando a su vasallo a consolarla sexualmente, sin poderla mirarla.
Sus dedos ahora recorrían mi sexo desnudo, acariciaban mis labios, jugaban con ellos mientras yo les miraba cómo lo hacían, mientras el seguía con la mirada en el televisor mientras yo le miraba y sonreía, mientras me hacía cerrar los ojos con sus pellizcos en mi clítoris.
Sabía tocarme, aceleraba con mi respiración y me dejaba con ganas, pero cada vez que paraba jugaba a entrar rápido con sus dedos en mi cuerpo. Tras repetir tres o cuatro veces lo mismo, hacía una pausa, para que yo me preparase para su incursión y cada vez entraba más al fondo y cada vez yo sentía más y más calor.
Empecé a gemir de forma continua, empecé a temblar con sus pellizcos, siempre me pasa antes de un orgasmo fuerte que mi cuerpo empieza a dar signos antes y el seguía distraído. Levantaba mis caderas y me dejaba caer de forma instintiva, y con los cambios de postura rompía lo que sus manos querían… lo que yo quería, pero no podía evitar moverme, ahora ya no; ya no era yo la que manejaba mi cuerpo, ya tenía vida propia.
Por primera vez sentí que fluía calor de mi sexo, no sería mucho, pero no lo había sentido nunca y ni siquiera eso hizo que me mirase, o que sonriese y eso me excitó más, ¿como podía ser que justo después de un orgasmo me llegase un golpe de excitación?. No dudé en lo que hice, bajé sus pantalones sin mirarle siquiera a la cara y vi que su polla se escondía dura y grande bajo sus pantalones. La metí en mi boca y la mordí suavemente, la lubriqué con mis labios y luego me senté sobre ella, dándole la espalda, mirando a la tele cabalgaba sobre el, sin importarme su cuerpo, solo centrada en mis deseos. La sentía entrar hasta lo más profundo de mi cuerpo, la sentía doblarse a veces y medio salirse, pero yo seguía cabalgando, sabiendo que el corregiría la trayectoria para llegar al fondo de mi. Una de sus manos en mi cintura y la otra en su sexo. Mi culo golpeaba su cuerpo y sonaba a sexo… plas, plas, plas… Hasta que volví a romper en un sonoro orgasmo. Me deplomé sobre su torso, estaba desnuda y no recordaba haberme desnudado, sólo me desplomé y dejé que me acariciase.
Cerré los ojos un segundo, para sentir sus manos y su cariño
— No voy a aplastarte!, ¿qué te pasa hoy?, solo gritas y gritas!
— ¿Qué? — contesté atónita
9:41 en el relog. Sentada en el sillón, vestida, con una mano entre mis piernas. Mi hija abría la puerta de su cuarto de forma bastante estrepitosa.
— Deja, yo me encargo, que como vayas tu la dejas llorando.
Yo no soy muy religiosa, pero por favor Dios Mío que sea premonitorio lo que acabo de sentir…