La puerta estaba entreabierta, la música invadía todo, la oscuridad, más de 50 velas cerca de un sillón.
Primero escuché esos pasos, fuertes.
Mi cuerpo estaba desnudo. Gasas transparentes, cintas y collares cubrían mi cuerpo, estaba muy nerviosa, no sabía cómo iba a salir todo. Las velas eran muy pocas para no prender fuego a las gasas y la oscuridad reinaba todo.
Apagué la luz de mi cuarto y salí al salón. Mis ojos aún no se habían acostumbrado a la poca luz que daban las velas, pero entré decidida. No podía ver su cara en la oscuridad, su silueta era imperceptible, sólo escuchaba el nervioso movimiento de su cuerpo sobre el cuero del sofá.
Empecé a bailar lentamente, a mover las telas tapándome y mostrándome, por un lado agradecía no verle, para seguir excitándole en la distancia sin que apareciese el más mínimo miedo o vergüenza, nunca había hecho nada así y por otro lado quería ver sus ojos, deseosos, ver su cuerpo reaccionar; imaginaba lo que harían sus manos, lo veía en mi mente desabrochandose el cinturón.
Iba arrancando tela a tela, descubriendo mi vientre, mis piernas, mi torso, mi pecho. Me sentía guapa, muy guapa ante su paciencia, ante su mirada.
Me quedé con el último velo, más grande, detrás de las transparencias… yo, desnuda, depilada, excitada, moviendome lentamente ante el, o eso creía yo
— Eres preciosa
Una voz de mujer hizo que me detuviera en un segundo. Miré al frente, tapando mi casi desnudo cuerpo como podía, mis ojos se detuvieron ante la figura que se ponía de pie y se acercaba a la luz.
— ¡no te asustes!, soy yo
Mis nervios no me permitían reconocer la voz. Levanté un poco la mirada y la vi. Era mi vecina. Una muchacha alegre, pelo corto, negro como el carbón, muy elegante y con un estilo propio, nada recargado. Cuerpo de gimnasio y sonrisa alegre, labios siempre pintados de rosa pálido, ojos grandes
— ¿Pero qué haces aquí?
— Entraba a decirte que habían dejado este paquete en casa, pero no pude resistirme a sentarme en la oscuridad
Al escuchar eso, me corrí. Así de simple, no pude evitarlo, por eso me enfadé no se con quién…

— ¡ Sal de aquí ! — grité para que no se notase lo que había pasado
Al instante ella salió disculpándose.
Me quedé sola, desnuda, sentada en el suelo. Había bailado para una mujer, me había excitado pensando que era mi marido, pero me había corrido sin que nadie me tocase, algo que jamas me había pasado al identificarla.
Estaba enfadada conmigo misma. Recogí las telas, apagué las velas, me puse la ropa menos sexy que encontré y dejé todo en su sitio lo más rápido que pude.
Entro mi marido. Un seco saludo fue lo único que recibió sin tener culpa de nada.
Cena delante del televisor.
— Voy a hablar con la vecina
— ¿ahora?
— Si, ahora. Son las 9:30, no es para tanto
— la vas a molestar, estará cenando
— No te preocupes, me dijo que tenía que contarme algo y que pasase a verla
Cerré la puerta de mi casa y llamé la timbre.
Ningún ruido.
Movía mis piernas nerviosa, como si estuviese acunando a alguien sobre mis talones.
Me miré: zapatillas de andar por casa, pantalón de chandal viejo, camiseta vieja. Menudo cambio pensé. Me arrepentí y me dirigí a mi casa.
Abrí la puerta y sin darme tiempo a entrar salió ella.
— Lo siento —  dijo antes de que desapareciese
Cerré la puerta tras de mi.
Me sentí culpable. Acababa de llamar
— ¿No estaba? — sonó desde dentro de mi casa
No quería contestar
— Si, si que está, se me había olvidado una cosa
Volví a salir. Su puerta ya estaba cerrada. ¿qué hacer?. Antes de terminar el pensamiento abrió su puerta
— lo siento, lo siento mucho — repitió
— entré en su casa sin preguntar
Cerró la puerta.
¿Por qué?,  ¿por qué lo había hecho? resonaba en mi cabeza.
No obtuve respuesta.
— ME HE CORRIDO!! — grité — JODER!!, me he corrido sin que me tocase nadie. ¿ENTIENDES?
No decía nada, no entendía nada como era de suponer. La miré. Ella también se había puesto cómoda, pero sus pies estaban de puntillas, sin esas horribles zapatillas que yo llevaba, unas medias de lana por encima de las rodillas de lo más “in”, jersey de punto ancho y el hombro al aire. Hasta tus tetas estaban en su sitio. Sus ojos parecían más grandes aún supongo que por la cara de sorpresa y el no saber que decir. ¿Cómo iba a entenderme? si ni siquiera yo me entendía.
Salté sobre ella. Cogí fuerte sus mejillas entre mis manos y la besé torpemente. Un beso corto, labio contra labio. Su forma, su carnosidad, su tacto. Lo prohibido de la situación.
Di un paso hacia atrás mordiéndome un dedo muy fuerte, la miraba. Seguía callada, sin decir nada. Yo no sabía que hacer o qué decir. Me movía nerviosa. Miraba la puerta
— DI ALGO !! — dije en un tono más alto de lo normal
Ella me miró, sonrió
— ¿para qué?
Dio el paso para a delante que yo había dado para atrás y quitándose el jersey en un rápido movimiento en el que ni se despeino, se quedó con el torso desnudo.
Su pecho era perfecto, joven, desafiando a la gravedad, firme, pezón pequeño y justo en el centro. Puso una mano en mi mejilla y al contrario que mi beso, el suyo fue tierno, sosegado, húmedo. Dos besos cortos y el tercero cogió entre sus labios mi labio inferior.
Mi respiración se agitaba, mi deseo de conocer su cuerpo era tan grande como el de quitarme la ropa y que no viese más ese aspecto horrible con el que había entrado en su casa, pero no me atrevía a desnudarme.
Empezó a besarme por toda la cara: los ojos, los labios y sus comisuras, mis pómulos, succionaba un poco mi piel dando unos extraños besos mientras yo mordía mis labios inutil, sin saber aún qué hacer o cómo.
Su cuerpo aplastó al mío en el pasillo, mi mano chocó con su pecho sin que yo fuese consciente, no sabía cómo tocarlo, no sabía por qué quería tocarlo cuando me volví a correr.
Salí corriendo hacia su comedor.
— Joder… otra vez!!, no puede ser!! —  me sentía inutil, excitada pero idiota
— qué pasa?
— que… ha ocurrido otra vez…
— ¿ya te habías besado con una mujer otra vez?
— no… que… me ha pasado otra vez… — ella no entendía nada —  que me he corrido otra vez. JODER!!!
Sonrió y sin dudarlo vino hacia mi sentándome en el sofá de golpe. Metio una mano bajo el chandal, directa a mi sexo, no tenía bragas, eso no me había dado tiempo a pensarlo cuando me vestí avergonzada. Por suerte gimió al sentirme.
Sus manos estaban algo frías en contraste con mi empapado cuerpo, sentía sus uñas largas arañándome algo y la suavidad de sus dedos en los labios de mi sexo
— Siéntelo otra vez… — sus dedos entraron en mi cuerpo con ese sonido en mis oidos
Tocaron directamente ese famoso punto G que todas tenemos dentro y que hoy yo tenía más sensible de lo normal. Mi piel se erizó con ese latigazo de placer…
Unos minutos más tarde las dos desnudas nos tocábamos la una a la otra en el suelo, mi pecho contra el suyo, una de mis manos apretaba su culo para que su sexo rozase el mío….
— Eres preciosa — volvió a decir.
Con esta frase empecé a sentirla. No me considero lesbiana, pero a ella la quiero tanto que necesito tener sexo con ella. No puedo explicarlo. Aun no se porque entro tantas veces a casa de mi vecina. Será que ella también es preciosa…