ELLA
Salía del mar, casi desnuda, desafiante. A cada paso que daba sabía que la miraban. Su cuerpo podía aguantar todo aquello. Pelo negro, algo rizado, ojos marrones profundos, de los que saben mirar; hombros atléticos, quizá de nadar toda su vida en el mar; pecho bonito, ni muy grande ni muy pequeño, firme, desafiante; cintura estrecha, perfecta cuando una mujer quiere llamar la atención, contoneando la cadera que esconde un bonito y trabajado trasero y por último, largas piernas, más que su longitud real, de las que saben cuando ponerse de puntillas. Se gustaba así misma y en el fondo eso se nota, todos tenemos nuestros puntos débiles, pero en este caso, la libertad no es uno de ellos.
No era exhibicionista, y no se sentía asi, aunque sabía cuando serlo; y en según que circunstancias más. Su andar decía más cosas, y era su pensamiento el que sin darse cuenta lo provocaba. Pero ¿en la playa?, no era el momento, no ese día al menos, aunque la playa no suele serlo, al menos fuera de las novelas o las películas románticas o de su fantasías y recuerdos ya idealizados. Así que se puso un pareo sobre su cintura aun mojada que se pegó instantáneamente a su cuerpo y un sombrero que la verdad, hizo que sonriera.
EL
No hay muchas vaqueras a este lado del océano y siempre le ha gustado ver ese punto de locura en la gente. Se quedó mirando un buen rato, quizá porque la chica lo valía. No nos engañemos, como todo hombre que se precie es muy visual, pero este es especial, más observador, más detallista: disfruta mirando a la gente, no tiene que ser perfecta, simplemente dejar que le miren. Ve cómo se comportan, qué hacen y aprende. Ve la importancia que tiene una sonrisa, aprendió así a cómo pasar desapercibido, a cómo llamar la atención. Aprendió de seductores y de tímidos, de guapos y feos, de gente rara y de gente corriente, sólo había que fijarse.
Y cuando se fija más de lo normal en alguien, es que es especial, tiene algo con lo que encaja, y en este caso no tenía claro qué era, pero esa mujer tenía un don. El sabe reconocer lo que le gusta.
Sonríe y se va al agua, seguramente a bajar su pensamiento en el agua fría.
ELLA
Qué goce siente, qué ganas tenía de sentir el agua en su piel, secarse al sol y sentir de nuevo el olor a su mediterráneo.
Mira a su alrededor, sentada sobre su pañuelo, siente que la gente no sabe disfrutar, no mira al mar, no piensa, no siente. Ella si lo hace, el calor de la arena quema sus pies y estos se sumergen para sentir el frescor de las arenas a las que el sol no llega, al contrario justo que su forma de ser: más fría por fuera, con la gente que no la conoce y según la conoces cariñosa y cercana y con un corazón ardiente y pasional, quizá demasiado según su criterio. Pero es así, eso no lo podrá cambiar tan fácilmente.
El se acerca, viene por su espalda. Pisada firme, buscando también la arena del fondo con los pies descalzo. Ella sujeta el sombrero y devuelve la sonrisa. Llevaba el pelo corto; no hacía mucho que habría pasado por la peluquería porque ni un pelo era más largo que el otro. Cuerpo de gimnasio, pero sin estridencias. “Por fín alguien que sabe combinar el cuidado personal con el atractivo”, piensa. Sus miradas se cruzan en una fracción de segundo, sienten que se miran de forma distinta, la sonrisa, la cabeza ladeada, la mirada mantenida aunque ella está medio desnuda y el silencio. Siente su seguridad y presiente que sabe como piensan las mujeres. Sonríe más abiertamente, pero ya no la miran.
Le sigue con la mirada en su baño. Decisión al entrar en el agua, estilo al nadar, con un ritmo lento pero constante y al calma al llegar lejos, donde la profundidad hace que el mar sea más oscuro.
Sus pensamientos más profundos salen. Nunca ha podido evitarlos. Se imagina entre sus brazos, los idealiza, se imagina esa mente entrando en la suya, sintiendo su mirada, ese silencio, esa tranquilidad. Se inquieta, las marcas en la arena muestran que sus pies se mueven nerviosos.
EL
Sonríe desde el fondo, le ha parecido simpática. Se tumba en el agua, quiere dejar de pensar, pero no puede, le gusta su forma de pensar. No tiene más remedio que regresar a ella, atraído por una sonrisa y un sombrero.
— ¿Puedo?
— ¿Sentarte?… supongo que si
ELLA
Se queda quieta, mirándole. El mira al mar, como si quisiese ver su punto de vista, como si disfrutase entendiendo su anterior punto de vista, pero se queda en silencio. No necesita decir nada pero tampoco es normal. ¿Nada en su vida es normal?. ¿Qué es normal?. Por un lado, le encantaba sentir su seguridad en el silencio, percibe que no está inquieto, percibe que nada le afecta y por otro, cuando empieza a hablar y parece que habla como si la conociera se siente mejor aún. Ninguna pregunta, sólo conversación.
Del estado de alerta paso al momento en el que puedes mirar más allá, fijarte en cosas, abstraer la mente… y esa fue su perdición, porque de alguna forma lo imaginó suyo. Imaginó cómo dormía, cómo despertarlo, imaginó que los buenos días sería esa sonrisa que tenía todo el tiempo mientras la miraba en sus pensamientos. Imaginó que sus manos la atraparían con fuerza desde la cadera, levantándola, tensando los músculos de sus brazos. Imaginó cómo despertarle más cosas… el instinto animal, ese que hace que no pueda soportar verla en ropa interior sin arrancársela, imaginó la ropa interior que llevaría y la que no llevaría cuando entrase en su casa. Le imagino mirándola, jugando con ella, besándola… y al humedecer sus labios con estos pensamientos, cuando la respiración empezaba a ser más rápida el lo sintió.
— Me tengo que ir
— ¿te vas?
— Si, si me quedo te haré el amor
— ¿CÓMO? — ¿tanto se notaba?
— Mira eres todo lo que un hombre puede desear, pero yo. — la pausa hizo que ella sonriese
Se acercó a su oído, su pecho casi le rozaba el brazo y el miraba hacia abajo. Olía a mar mediterráneo, la barba aún a aftershave
— No eres el único que es capaz de leer la mente — susurró al oído.
Ella no era así. Normalmente no corta a nadie en mitad de una frase, al contrario. Hoy simplemente su instinto no podía dejarle ir. Y no se fue.
Hoy su cuerpo lleva una camisa blanca, las mangas recogidas, los botones medio abrochados, el vuelo inferior hace que se tape su desnudo sexo, aún siente cómo palpita, aún siente las embestidas que acaban de rozar sus paredes hasta llegar a tocar el fondo de su cuerpo. Aun siente cómo resbalan las gotas de placer por su pierna, no quiere quitarse su olor. En los tobillos restos de juegos. En las muñecas un pañuelo anudado. Sonríe mientras va a la cocina, hoy si que va de puntillas y no es porque el suelo esté frío.
No llega a abrir la puerta de la nevera cuando siente cómo silenciosamente le han seguido. A los brazos que la rodean le sigue el tacto del cálido sexo en su culo. Sonríe de nuevo. Es insaciable cuando tiene ese sentimiento. Se hace la tonta como si no le importase aquello. Pero la conocen. Saben leer su mente y su pelo es fácil de agarrar. El tirón la obliga a recostar la cabeza en su hombro, a extender el cuello que ahora está rodeado por una de las manos que la poseen cada noche mientras la otra baja por su vientre buscando la humedad de su sexo. Un gemido sale de su más hondo ser. Siente que van a follarla en la cocina y no tarda en sentir como se rompen los pocos botones de la camisa que no es suya, y como la fuerzan a sentir su pecho en la fría encimera. Su sexo expuesto, su culo expuesto pero sólamente siente los besos de su amante recorrerla.
Un azote resuena en la habitación. Las manos en las manos, entrelazando sus dedos, justo antes de sentir cómo su cuerpo es nuevamente invadido por su amante. Inagotable vuelve a gemir. Inagotable vuelva a sentir el calor dentro de ella. Dolorida y excitada. “No puede parar… esto no puede” parar es el único pensamiento que recorre su mente. Otro azote sacude sus pensamientos. Sale de nuevo de su cuerpo. El agotado es él. Ella se arrodilla y sin preguntar nada, sin decir nada toma su sexo y lo lame con delicadeza. Los olores se mezclan en un sabor. Sabe a sexo. Todo el calor dentro de su boca, y sus manos exprimiendo cada gota de placer que acaba en sus labios. Ya no puede más, pero se acuerda de aquél día en la playa.
Se levanta con la boca húmeda. Un beso sigue a otro más lento. Se acerca otra vez a su oído y vuelve a susurrarle algo. El susurro acaba en gemido, las manos de su amante aprietan su cuerpo contra el. Son grandes y su culo pequeño. Un gemido más aun en el oído de su amante. Está nuevamente dentro de ella
Ella no suele pedir cosas. Normalmente no es así, al contrario. Hoy simplemente su instinto no podía dejarle ir. Mientras siguiera susurrando no se iría NUNCA